Cristina Grande en El Heraldo de Aragón, edición de Huesca. Por Antón Castro


LA MONEGRINA DEL AÑO

"Naturaleza infiel” es una de esas novelas que atrapan la vida. Y sus extremos. Y sus dolencias. Y los pequeños gestos de cada día 

Los libros de Cristina Grande –Nuevo Talento FNAC y acreedora a la condición de “revelación del año” con su novela “Naturaleza infiel” (RBA), según reclamaba hace unos días Sergio Vila-Sanjuan- me gustan porque cuentan nuestro tiempo con una voz que es muy particular, íntima, dura y poética, y a la vez es como una voz coral, con la que resulta fácil identificarse. Sin ostentación alguna, también tiene una especial sensibilidad para captar el lenguaje de la calle y de las gentes, y hacerlo suyo, muy suyo, quizá porque se desvela muchas noches en las madrugadas de una farmacia de barrio. 

Cristina Grande es una creadora de climas y de atmósferas. Climas de inquietud y de sombra. Atmósferas de culpa, de pudor, de una frialdad que nace de la incomunicación y de la soledad. Y de una forma de ser muy peculiar de sus personajes: parecen condenados, no sabemos por qué, a no entenderse. Cuando se aman, no son lo suficientemente apasionados o explícitos con los gestos y con las palabras; cuando rompen, no pueden olvidarse del amante, del amigo. En la obra de Cristina Grande siempre late un dolor, una pérdida, una indecible temperatura de espantos. Sus personajes, por lo general, sienten melancolía por las cálidas palabras que era imprescindible pronunciar y que no se han atrevido a decir.


Cristina Grande cuenta la vida: tal como es, tal como viene, tal como la recuerda. Posee una percepción especial para captar los pequeños detalles. Su literatura, que tiende a la miniatura y a la contención, se alimenta de recuerdos, de instantes, de gestos, de obsesiones, de secretos. Se nutre de observación y paciencia. En “Naturaleza infiel”, podríamos hablar de las cartas de amor de los padres, de la afición al cine, de la pesca, de la afición de la madre a acumular recuerdos, de las medicinas, de la bitácora del padre en el Britania… 


En los libros de Cristina Grande siempre hay historias familiares. La familia es un núcleo de fábulas, de relaciones, de sentimientos, de odios extraños y de constante perplejidad. Y en ese laberinto adquieren mucha importancia las casas, las estancias, los aparadores, los objetos: en ellos laten el misterio, el dolor, la ira, esa ternura seca y despojada de toda su obra. Cristina detesta lo sentimental, y rara vez se lanza a decir “Te quiero”.


La historia de las dos hermanas Renata y María es la historia de dos soledades y de una desubicación. Una es lectora, la otra menos; una ama a Jorge, la otra también; María lleva cuadernos de diarios, y Renata repasa los álbumes de su padre. María se desposa con la heroína; Renata salta de lecho en lecho. La suya es como una relación de espionaje y de protección un tanto distante. Las dos hermanas se espían. Se aman y se odian, pero no se encuentran. No es que haya una reivindicación explícita de la importancia de la cultura en sus libros, pero está ahí, está siempre: la música, la fotografía (con un aspecto casi siempre mágico: la foto de portada es el mejor ejemplo), la ópera, la literatura y el cine. El cine también sirve para ilustrar mejor que nada la relación del padre y la madre: vivían una pasión destructiva como Vivien Leigh y Clark Gable en “Lo que el viento se llevó”. 


Me gusta la mezcla de pudor y descaro. El pudor es uno de los temas del libro, el pudor a confesar los sentimientos. Renata recuerda que recuerda ellas son como raspas. Y, sin embargo, el sexo sin amor y la violencia sexual, la crueldad, la desinhibición, el atrevimiento y el peligro andan siempre por ahí. Dentro de ese descaro también está la naturaleza infiel de los personajes: de Renata, especialmente. Cristina Grande posee un humor especial. Un humor que nace de la tragedia. O del patetismo de los personajes. “Naturaleza infiel” es una de esas novelas que atrapan la vida. Y sus extremos. Y sus dolencias. Y los pequeños gestos de cada día. Toda la novela es como un melodrama de Douglas Sirk, quizá menos épico. Un melodrama donde fluyen una y otra vez la hondura, la intensidad y el talento de Cristina Grande, que se afirma, como las capitanas del cierzo, monegrina de Lanaja. Monegrina.