Crítica de Ricardo Senabre en El cultural


NATURALEZA INFIEL

Aunque ya cuenta en su haber con dos libros de relatos breves, la escritora oscense Cristina Grande (1962) es todavía poco conocida fuera de algunos círculos aragoneses. Con Naturaleza infiel se ha adentrado en el terreno de la novela larga –ma non troppo, a decir verdad– y ofrece ya algunos rasgos firmes de lo que pueden ser su mundo y su estilo de narrar si persiste en esta trayectoria. Como novela, Naturaleza infiel está compuesta por una sucesión de brevísimos capítulos –algo más de medio centenar– en los que la joven Renata, pasados ya los treinta años, va desgranando recuerdos de su vida en los que se mezclan evocaciones de la niñez, referencias a una juventud turbulenta y sin horizontes o anécdotas concretas de distintas épocas, sin que en ningún momento la narradora pretenda subsumir sus informaciones en un esquema autobiográfico al uso, en una precisa organización cronológica, a partir de un capítulo inicial en que, muy tradicionalmente, eso sí, se dan a conocer los personajes de la familia (la narradora, sus padres, su hermana María, los abuelos) y se anticipa la noticia de la muerte del padre, que provocará decisivas transformaciones en la vida familiar. Desde ese momento, los recuerdos y las confesiones van y vienen casi siempre al margen de la época vital a que pertenecen. Son chispazos, destellos, fragmentos a menudo independientes que surgen de la memoria y que a veces se encadenan, de un modo que podría calificarse de cinematográfico, merced a ciertas contigüidades de sentido, más intuidas que deliberadas.

Así, el capítulo titulado “Viernes Santo” acaba refiriendo una breve convesación entre madre e hija, y el siguiente comienza con las palabras: “De las cosas importantes no solíamos hablar en mi casa” (p. 69). “Puenting” concluye hablando del cocinero de un restaurante, y el capítulo inmediato se inicia así: “El día que decidimos comprar un lavavajillas…” (p. 123). Hay otras analogías semejantes que el lector descubrirá sin dificultad.

Todo ello no anula la naturaleza discontinua y fragmentaria del discurso –redactado con inusitada corrección–, que constituye un modo deliberado de relato despiezado, una invitación
a que el lector lo ordene como crea conveniente, catalice las elipsis y reconstruya la historia. Una historia –urge ya advertirlo– cuyo principal rasgo es la escalofriante frialdad con que se narra cada pormenor, sin apenas jerarquía entre ellos. Las acciones predominan sobre los sentimientos. Los hechos –la muerte de un ser cercano, el hundimiento de otro en el mundo de la droga, las relaciones sexuales indiscriminadas y pasajeras, la carencia de aspiraciones elevadas– suceden sin que, al parecer, lleguen a dejar cicatrices sentimentales ni a estimular reflexiones adultas acerca de la propia existencia. La relación de Renata con su amiga Teresa, o el noviazgo que mantiene con Jorge –y que Renata no es capaz de respetar, arrastrada por su “naturaleza infiel”–, se truncan sin provocar más que debilísimas reacciones momentáneas. Esta mirada gélida sobre el mundo, sobre la propia vida y acaso sobre la condición humana, esta visión en la que no se advierte valor alguno que destaque, donde ni siquiera asoma el más leve atisbo de la tópica mitificación de la infancia como paraíso perdido –porque la noción misma de paraíso es ajena a la óptica narrativa–, me parece la novedad más significativa de Naturaleza infiel. Lo otro, es decir, la invención de la historia, con la familia, la viudedad, el traslado a la capital y la vida desnortada de la adolescencia, tiene poca originalidad –y mucho de vivencia personal, me atrevería a decir–, adolece de falta de matices y, en cualquier caso, recae sobre hechos ya muy tratados en la literatura de los últimos años, y de manera especial por algunas escritoras.

Asistimos en estas páginas al esbozo de un mundo personal de cierta originalidad, pero la historia nuclear deja en el aire varias dudas acerca de la capacidad de esta escritora para novelar, para crear orbes autónomos diferentes y variados, más alejados de un entorno inmediato, más deudores de la imaginación que de la experiencia personal. Y no es éste el lugar más apropiado para aventurar profecías. Únicamente la trayectoria posterior de la autora permitirá despejar estas dudas.